Dragones en China, una rana gigantesca en Vietnam, el demonio Rahu en India y animales que perseguían al Sol: mucho antes de conocer la explicación astronómica, diferentes pueblos crearon sorprendentes historias para entender por qué desaparecía en pleno día
Imagínate vivir hace cientos o miles de años y contemplar cómo, en mitad del día, el Sol comienza lentamente a desaparecer.
No sabes que la Luna está pasando exactamente entre la Tierra y nuestra estrella. No conoces las órbitas con la precisión actual, no tienes telescopios y nadie puede avisarte de que dentro de unos minutos volverá la luz.
El cielo se oscurece.
La temperatura desciende.
Los animales pueden alterar su comportamiento.
Y aquello que parecía imposible sucede ante tus ojos: al Sol parece que se lo están comiendo.
Quizá por eso resulta tan fascinante comprobar que diferentes culturas recurrieron a explicaciones sorprendentemente parecidas.
Solo cambiaba el monstruo.
En Vietnam, una rana gigante se tragaba el Sol
Una de las leyendas más curiosas procede de Vietnam.
Según una tradición popular recogida en recopilaciones sobre la mitología de los eclipses, una enorme rana se tragaba el Sol y provocaba así su desaparición.
La explicación tenía incluso una segunda parte.
El dueño de la criatura conseguía finalmente que la rana liberase al astro y, de esta manera, la luz regresaba al mundo.
Lo sorprendente es que, a miles de kilómetros, otras sociedades habían llegado a imaginar algo bastante parecido.
Solo tenían que sustituir la rana por otro animal.
En China era un dragón
En algunas antiguas tradiciones chinas, el responsable de que desapareciera el Sol era mucho más intimidante:
un dragón celestial.
La criatura devoraba el astro durante el eclipse.
Para intentar salvarlo, la población podía realizar grandes estruendos, golpeando tambores y otros objetos con la intención de espantar al monstruo.
Y funcionaba.
O al menos eso parecía.
Después de unos minutos, el Sol siempre regresaba.
Naturalmente, hoy sabemos que el ruido no tenía ninguna relación con ello, pero para quien desconociera la mecánica orbital, la sucesión de acontecimientos podía resultar convincente:
el monstruo aparece, la gente hace ruido, el monstruo desaparece y el Sol vuelve a brillar.
India tenía un demonio inmortal llamado Rahu
La tradición hindú desarrolló una explicación todavía más elaborada.
Su protagonista es Rahu.
Según el relato mitológico, Rahu consiguió beber parte del néctar que proporcionaba la inmortalidad. El Sol y la Luna descubrieron el engaño y avisaron al dios Vishnú.
Rahu fue decapitado.
Pero había un problema.
Ya había probado el néctar.
Su cabeza se había vuelto inmortal.
Desde entonces, Rahu persigue al Sol y a la Luna para vengarse de ellos y, cuando consigue atraparlos, los engulle.
Así se producirían los eclipses.
La historia explicaba incluso por qué el fenómeno terminaba.
Como Rahu había sido decapitado y carecía de cuerpo, después de tragarse al Sol este volvía a salir por su garganta.
El astro reaparecía.
El eclipse había terminado.
Bañarse en el Ganges para ayudar al Sol
La desaparición del Sol no se limitaba a generar historias.
También provocaba rituales.
En determinadas tradiciones hindúes, durante los eclipses se practicaban baños rituales en aguas consideradas sagradas.
El Instituto Geográfico Nacional español recoge precisamente la tradición de bañarse en las aguas del Ganges durante los eclipses dentro del relato relacionado con Rahu.
La costumbre no pertenece únicamente al pasado.
Durante el eclipse solar de agosto de 1999, millones de personas acudieron a ríos, lagos y otros lugares sagrados de India para realizar baños de purificación.
Pero un indio descubrió la explicación científica hace más de 1.500 años
Aquí aparece una de las grandes paradojas de esta historia.
Mientras las explicaciones mitológicas continuaban formando parte de la cultura popular, un extraordinario matemático y astrónomo indio llamado Aryabhata ofreció una explicación científica de los eclipses alrededor del año 499.
Aryabhata comprendió que no había ningún demonio devorando el Sol.
Era una cuestión de sombras y posiciones astronómicas.
Más de 1.500 años después, aquella explicación continúa siendo esencialmente la que utilizamos para comprender el fenómeno.
Los vikingos tenían lobos persiguiendo al Sol
Si viajamos hacia el norte de Europa volvemos a encontrar animales celestiales.
En la mitología nórdica aparecen Sköll y Hati, dos lobos relacionados con la persecución del Sol y la Luna.
Cuando uno de ellos conseguía alcanzar al astro que perseguía, se producía el eclipse.
Otra vez aparece exactamente la misma intuición:
algo ha atrapado al Sol.
En América también se estaban «comiendo» el Sol
Al otro lado del Atlántico encontramos paralelismos todavía más sorprendentes.
El Instituto Nacional de Antropología e Historia de México señala que los nahuas denominaban al eclipse solar tonatiuh qualo, expresión que puede traducirse como:
«el Sol es comido».
En diferentes culturas americanas aparecen además animales asociados simbólicamente a la desaparición de los astros.
Entre ellos encontramos al jaguar, animal relacionado con la noche y las tinieblas.
El Instituto Geográfico Nacional recoge también una curiosa tradición del pueblo pomo, en Norteamérica.
En su relato, un oso se encuentra con el Sol mientras camina por la Vía Láctea. Ninguno quiere apartarse para dejar pasar al otro.
Empiezan a discutir.
Después llega la pelea.
Y esa lucha provoca el eclipse.
¿Por qué tantas culturas imaginaron que alguien se comía el Sol?
Probablemente existe una explicación bastante sencilla.
Observado sin conocer su mecanismo, un eclipse parcial parece exactamente eso.
La Luna comienza cubriendo un pequeño extremo del disco solar.
Visualmente parece que alguien hubiese dado un mordisco al Sol.
Después aparece otro.
Y otro.
Hasta que queda completamente oculto durante un eclipse total.
Por eso la imagen de un ser sobrenatural devorando el astro surgió una y otra vez en diferentes tradiciones.
India tenía a Rahu.
China, un dragón.
Vietnam, una rana gigante.
Las tradiciones nórdicas, lobos.
Y distintas culturas americanas imaginaron también animales y monstruos relacionados con la desaparición del Sol.
Hoy sabemos exactamente qué está ocurriendo
La realidad resulta menos terrorífica, aunque no menos extraordinaria.
Un eclipse solar ocurre cuando la Luna pasa entre la Tierra y el Sol y proyecta su sombra sobre una pequeña parte de nuestro planeta.
Durante un eclipse total, las proporciones aparentes de ambos astros vistas desde la Tierra permiten que la Luna cubra prácticamente todo el disco solar.
No hay dragones.
No hay lobos.
No hay demonios.
Y ninguna rana gigantesca está intentando comerse nuestra estrella.
Pero aquellas historias nos han dejado algo quizá todavía más interesante.
Demuestran cómo seres humanos separados por enormes distancias contemplaron el mismo fenómeno inexplicable, sintieron probablemente el mismo miedo y terminaron haciéndose exactamente la misma pregunta:
¿quién se está comiendo el Sol?
