En pleno siglo XVIII, Valencia organizó un evento tan descomunal que hoy parecería propio de una superproducción cinematográfica.
Hubo barcos de guerra, miles de espectadores, escenarios flotantes, fuegos artificiales, montañas artificiales e incluso una batalla naval en mitad del río Turia.
Todo ocurrió en julio de 1755, cuando la ciudad decidió celebrar por todo lo alto el tercer centenario de la canonización de San Vicente Ferrer, el santo más querido por los valencianos.
La obsesión de una ciudad por homenajear a su patrón
Para comprender la magnitud de lo sucedido hay que entender quién era San Vicente Ferrer para la Valencia de la época.
Trescientos años después de su canonización, la figura del dominico seguía siendo un elemento central de la identidad valenciana. Las autoridades civiles, religiosas y militares prepararon durante meses unas celebraciones destinadas a demostrar la importancia del santo y el poder de la ciudad.
No se trataba únicamente de una fiesta religiosa.
Era una demostración pública de prestigio, riqueza y capacidad organizativa.
Cuando una corrida de toros fue sustituida por algo mucho más ambicioso
Las grandes celebraciones del siglo XVIII solían culminar con corridas de toros.
Sin embargo, diversos cambios en las autorizaciones reales obligaron a los organizadores valencianos a buscar una alternativa capaz de impresionar al público. Fue entonces cuando surgió una idea tan extravagante como brillante: recrear una naumaquia, es decir, una batalla naval inspirada en las que organizaban los emperadores romanos.
La propuesta fue aceptada y pronto se convirtió en el proyecto más ambicioso que había visto Valencia en décadas.
El Turia se transformó en un teatro gigante
La ciudad eligió el tramo del río comprendido entre los puentes del Real y de la Trinidad.
Allí se levantaron estructuras temporales, graderíos y decorados monumentales para albergar la representación.
El antiguo cauce se convirtió en un inmenso escenario donde miles de personas podían contemplar el espectáculo desde ambas orillas.
Los organizadores no pensaron únicamente en la batalla.
Diseñaron una experiencia visual completa destinada a sorprender a los asistentes desde el primer momento.
El espectáculo más caro de la Valencia barroca
Las crónicas describen decorados colosales, elementos alegóricos dedicados a San Vicente Ferrer y complejas estructuras efímeras construidas exclusivamente para aquellas jornadas festivas.
La ciudad movilizó a artistas, ingenieros, carpinteros, pintores y artesanos para dar forma a un evento que debía permanecer en la memoria colectiva.
Y lo consiguió.
Todavía hoy, casi tres siglos después, sigue siendo uno de los acontecimientos más sorprendentes de la historia valenciana.
Más público que muchos estadios modernos
Los testimonios conservados hablan de una asistencia masiva.
Decenas de miles de personas acudieron a las orillas del Turia para presenciar la batalla naval, una cifra extraordinaria para la época.
Hay que recordar que la Valencia de mediados del siglo XVIII tenía una población muy inferior a la actual, por lo que la movilización ciudadana fue enorme.
Durante dos noches consecutivas, toda la ciudad giró alrededor del espectáculo.
El grabado que inmortalizó aquella locura
La razón por la que hoy podemos imaginar aquella escena es gracias a los grabados realizados tras las celebraciones.
En ellos aparecen los barcos navegando por el Turia, las tribunas repletas de público y el perfil monumental de la Valencia barroca dominando el horizonte.
Más que una simple ilustración, aquellas imágenes se han convertido en una auténtica ventana a una ciudad desaparecida.
Una Valencia capaz de sorprender a Europa
La Naumaquia de 1755 demuestra que Valencia no solo destacaba por su comercio o por su importancia mediterránea.
También era una ciudad capaz de organizar espectáculos comparables a los de las grandes capitales europeas del momento.
Lo que comenzó como una celebración religiosa terminó convirtiéndose en una demostración de poder, creatividad y ambición urbana.
Quizá por eso la batalla naval del Turia sigue fascinando a historiadores y curiosos casi trescientos años después: porque representa una de las mayores exhibiciones públicas que ha vivido Valencia en toda su historia.
